
Las anomalías de género siempre han sido de gran utilidad para la sociedad (y obviamente mucho más para quienes lucran con ellas), es así como nos recostamos en nuestro sillón preferido y nos sentimos un poco más “personas”, cobijándonos en esa normalidad mediocre, fascinados mirando sujetos (o más bien burlándonos de ellos) con rasgos caricaturescos, desproporcionados o que escapan a las medias estadísticas. Grandes filósofos contemporáneos como Marcelo Tinelli, Susana Gimenez o Chiche Gelblung han sabido explotar al máximo esto en sus bastas producciones literarias. Gracias a ellos, enanos, mujeres barbudas, hombres lobos, filipinos hermafroditas y panelistas de programas de chimentos pudieron ganarse un lugar en la aldea global del narcisismo (quizá no un lugar de respeto, pero si la falta del mismo viene acompañada de una cifra monetaria abultada, ¿a quien le importa?). Este tópico esta dedicado a un pionero, alguien que sabiéndose distinto no se avergonzó de eso y quiso demostrarle al mundo que las diferencias son tan comunes como los pelos en la nariz (que aunque no querramos verlos están ahí y son parte de nosotros), a un luchador incansable, pero por sobre todo a alguien que supo elegir muy bien su “representante artístico”. Y que mejor homenaje que publicar una de sus primeras apariciones en público, allá por la primavera de 1996, en plaza miserere, ante una multitud perpleja que no sabía si tomar la invitación a “dar una vuelta” como un gesto fraternal o un acoso sexual.






